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La Voz de Los Barrios

NO NOS ENGAÑEMOS, EL ODIO ES A LA JUSTICIA SOCIAL

Derechos Humanos

NO NOS ENGAÑEMOS, EL ODIO ES A LA JUSTICIA SOCIAL

NO NOS ENGAÑEMOS, EL ODIO ES A LA JUSTICIA SOCIAL

 

 

El odio antiperonista nació muchos años antes del 17 de octubre, así como el odio anticomunista que es anterior a la revolución de Octubre. Cualquier esbozo de justicia social, como no pagar más en bonos los salarios despertaba el odio de los patrones. Cualquier esbozo de no trabajar los domingos despertaba rencor y resentimiento a tal punto de mandar a fusilar peones, como sucedió en 1922.

Las primeras villas miserias se llamaron conventillos, eran más de 2.000 en la ciudad, donde amontonaban a los inmigrantes, solamente el conventillo “14 Provincias” en el barrio de San Telmo cobijaba más de 200 familias. En 1907, 250 conventillos inician el movimiento de lucha de los inquilinos contra el aumento de los alquileres y se convierte en huelga porque los costos de las habitaciones humildes eran ocho veces mayores que en París o Londres, según James Scobié del libro Buenos Aires, del centro a los barrios”, Solar/Hachettte, 1977.

Mucho antes que los soldados de regreso de la Guerra del Paraguay trajeran la fiebre amarilla y el tifus a Buenos Aires (1870) y la oligarquía dejara los palacetes ubicados en la zona sur de la ciudad para desplazarse hacia el norte y alejarse de la epidemia, mucho antes, la oligarquía y los comerciantes más poderosos de la ciudad habían convertido el acceso a la vivienda y a la tierra en un negocio a escala nacional y un infierno para los trabajadores inmigrantes que accedían a estas tierras con la esperanza del trabajo o la chacra. Los aumentos desmesurados dieron origen a esa huelga.

Intervino la policía de Ramón Falcón y asesinó al obrero metalúrgico Miguel Pepe, de 17 años. Al día siguiente una movilización de más de 15.000 personas acompañó el féretro.

Las mujeres tuvieron un papel fundamental en el movimiento de inquilinos y aquellas que hablaron en el entierro se les aplicó la  “Ley de Residencia”, que autorizaba al Poder Ejecutivo a expulsar del país a todo extranjero que perturbara el orden público. A los hombres se los expulsaba con mayor frecuencia así quedaban las mujeres con sus hijos desamparados y se convertían en carne de trabajo esclavo.

En la medida que la corriente inmigratoria depositaba 40.000 trabajadores cada año en la ciudad, el negocio especulativo se extendió mucho más allá de las casas abandonadas por la oligarquía en la zona sur. El auge de la construcción de finales del siglo XIX e inicios del XX está motivado no solo por las obras públicas sino por la construcción acelerada de “casas para pobres” con la fisonomía del patio de cemento central y las habitaciones (sin ventanas) en derredor.

Las propiedades, desconociendo el mensaje de los médicos higienistas (Rawson, Wilde, Coni y otros), poseen, en muchos casos, a lo sumo un baño para su multitud de ocupantes. El Censo Municipal de 1904 registra 559 casas de inquilinato sin baños y un promedio de un cuarto de baño, en el resto, para sesenta personas.  El mismo Censo revela que, del casi millón de habitantes de la ciudad, 138.188 viven en las 2.462 casas de inquilinato porteños, es decir un 15 % de la población total. El saqueo al salario obrero es feroz. Una familia suele vivir en una o – a lo sumo dos piezas, por las cuales paga casi la mitad del salario que percibe entonces un obrero.

Cuando con el correr de los años se avanzó hacia una sociedad más justa, el odio de los gorilas, que también nacieron mucho ante de 1955, se centró en el comunismo, en el peronismo y en cualquier otro movimiento que promulgara la justicia social.

 

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