Terminó el triste Mundial, con algunas alegrías, aunque transitorias. Cabo Verde protagonizó una campaña increíble; Paraguay logró la histórica eliminación de Alemania; Noruega dejó fuera a Brasil; y Egipto estuvo al filo de eliminar a Argentina.

De las 48 selecciones participantes, solo cuatro llegaron al podio, y las cuatro ya tenían títulos mundiales en sus vitrinas. Es decir, nada sorprendente: más de lo mismo.
Argentina disputó una Copa épica, con poco juego y mucho corazón. Sobresalió especialmente frente a Inglaterra, pero el porqué solo lo comprenden los argentinos: el dolor por los jóvenes muertos a causa de la decisión de un dictador borracho; el acto infame e indigno de Margaret Thatcher al ordenar el hundimiento de un buque fuera del teatro de operaciones, donde más de 300 soldados perdieron la vida en las heladas aguas del Atlántico Sur; el sufrimiento de ver a los excombatientes despreciados y desprotegidos por el propio Ejército que los obligó a combatir en nombre de la patria.

Malvinas es una cuestión de honor, de dignidad y de un sentimiento profundamente patriótico. Es una bronca que vive en la garganta del pueblo y en los ojos inundados de lágrimas cada vez que se evoca la gesta heroica de aquellos adolescentes que se hicieron hombres y valientes soldados en las trincheras de las islas.
Por eso, a cuarenta años de la «Mano de Dios», en México 1986, la euforia continúa latente, y volver a vencer a Inglaterra por el mismo resultado fue, para millones de argentinos, casi como conquistar nuevamente la Copa del Mundo. Esa es la razón por la cual, a pesar de haber perdido la final, millones de argentinos salieron a celebrar el subcampeonato. ¿Qué otro país, qué otra selección de fútbol, festeja un subcampeonato? El plus fue Inglaterra.

Ver enarbolar la bandera con la consigna «Las Malvinas son Argentinas» por los propios jugadores de la selección —muchos de ellos integrantes de clubes ingleses— fue una manera de recordarle al mundo que el colonialismo británico sigue vigente. Sin embargo, ese gesto no alcanza para disipar algunas actitudes de ciertos integrantes del tricampeón del mundo.
La fotografía junto a Donald Trump, apenas una semana después de que este ordenara el bombardeo que provocó la muerte, quemando vivas, 162 niñas en una escuela de Irán, no tiene perdón ni olvido.

Los jugadores argentinos son formadores de opinión. Precisamente por esa enorme capacidad de influencia surge un debate que trasciende el marketing. Si un futbolista puede convencer a millones de personas de consumir una bebida, una prenda deportiva o un servicio financiero, también dispone de una plataforma privilegiada para promover valores sociales. De ahí que muchos sostengan que las figuras del deporte tienen una responsabilidad pública que va mucho más allá de su desempeño en el terreno de juego.
Sorprende, entonces, que no se los escuche hablar de racismo, xenofobia u homofobia. ¿Son cómplices?
Esa selección no representa necesariamente el sentido común de todo un pueblo. El director técnico, Lionel Scaloni, afirmó que el partido contra Inglaterra era solamente un partido de fútbol y que no debía mezclarse con la guerra. Y tenía razón: no había que mezclarlo ni con aquella guerra ni con ninguna otra, porque no se trata de una cuestión bélica, sino de soberanía, de patria y de rechazo al colonialismo.
Sin embargo, fueron sus propios jugadores quienes establecieron ese vínculo simbólico, y algunos de ellos, por la valentía de sus gestos, tendrán que afrontar las consecuencias cuando regresen a sus clubes en Inglaterra.

La selección no volvió derrotada: volvió triunfante. El derrotado fue Javier Milei, quien ordenó impedir el ingreso a los estadios de banderas y camisetas alusivas a las Malvinas; el mismo que calificó a Margaret Thatcher como su «ídola» y que permitió, mediante decreto y sin intervención del Senado, que empresas británicas e israelíes puedan extraer en un futuro cercano, alrededor de 120.000 barriles diarios de petróleo en territorio argentino cuya soberanía es objeto de disputa con el Reino Unido ¡Inconcebible! Eso constituye, para quienes sostienen esa interpretación, una traición a la patria y a la Constitución Nacional.
Por Héctor Pellizzi
















































































