Escribe Héctor Pellizzi

Cuentos deportivos: EL Flaco

Cultura

EL FLACO

Héctor Pellizzi

 

Era un zaguero soberbio. Alto, flexible, dúctil pero severo en la marca. Había nacido a dos cuadras del club. Se crió entre el potrero de la vía y las prácticas en la cancha grande. Integró con un grupo de chicos un equipo que salió campeón sucesivamente hasta la quinta división. Era un tipo callado de ojos tristes. Ojos claros y tristes. Sus abuelos eran italianos del norte y su viejo trabajaba en las locomotoras. Era foguista.

A los veinte años ya jugaba en primera división. Pensaba más rápido que el resto de sus compañeros, por eso era una garantía para el arquero. En los tiros de esquina  se anticipaba al número nueve e impulsaba un feroz contraataque. En el área rival, cuando la pelota bombeada caía como un meteorito, el Flaco se elevaba, se suspendía en el aire y cabeceaba con fuerza para abajo. Imposible para el golero.

Dio la vuelta olímpica diversas veces. Siempre vistió los mismos colores. Pasado los años, con su experiencia movía los hilos del equipo con la fineza y el rigor de costumbre.

Aquel año llegó por cuarta vez a una final en toda su carrera. Jamás una expulsión. Jamás un error. El estadio cobijaba una multitud nunca vista. Un domingo de colores, bombos, banderas y carteles. Carteles con consignas y fotos de los jugadores. El partido se jugó enteramente en el medio campo. Los técnicos habían poblado de volantes esa franja de la media cancha.

“¡Pero qué hacen! Se prestan la pelota un rato cada uno en el medio mientras los arqueros duermen la siesta…” Vociferaba un viejo en la platea fastidioso por el nudo de jugadores alrededor del círculo central. Faltando pocos minutos para el término del partido, la situación no había cambiado para nada. Pero en un descuido el cinco abrió la cancha, subió el cuatro por el lateral del siete, y puso la pelota a espaldas del Flaco que había quedado solo de líbero mientras el once en diagonal iba en busca de la redonda para empujarla a la red.

El flaco vio que la pelota lo pasaba mientras escuchaba el grito del wing izquierdo pidiéndola. No tuvo dudas, levantó ambas manos y la cacheteó para un costado. Silencio en la tribuna que daba a la Avenida. Euforia incontenida en la de enfrente. Cuando el Flaco bajó la vista, se dio cuenta que estaba un paso adentro del área. Se quería matar. Penal y gol. Con las manos en la cintura y la cabeza agachada, se paró a un costado del césped, mientras su rival daba la clásica vuelta.

El estadio quedó vacío. El sol bajó entre los árboles de paraísos. Cáscaras de maníes, papelitos y atados de cigarrillos retorcidos recordaban la alegría y el sufrimiento de un partido de fútbol. Los carteles con la foto del Flaco estaban mudos y pisoteados, desparramados por el suelo. El eco de “traidor y vendido” todavía resonaba en sus oídos.

Nunca más pateó una pelota. Nunca más entró a una cancha. Veinte años después, aquellos gritos se fueron acrecentando, taladrándole el cerebro. Caminaba por las calles de la ciudad y percibía los labios en su dirección que se movían con sorna, con rabia o con odio.

Un domingo, el mismo día y el mismo mes de la final, el Flaco entró sigilosamente al Estadio, caminó por el pasto, se sentó sobre el borde de la línea del área y se dejó morir…

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