Apuntes para el debate

El cuerpo humano como el campo de batalla ideológica

Fuente: Oleg Yasinsky

 

Los que viven en el campo conocen un objeto simple de cuero, llamado normalmente anteojera, que se usa para ponerle a los caballos en los ojos e impedir que miren a los lados y no se asusten, no se distraigan, no se desvíen o qué sé yo. Es una prótesis para que anden tranquilos en la dirección que el jinete ordena.


Observando el paisaje humano que nos rodea, en el transporte público, en las calles, en los cafés, vemos a la mayoría de las caras mirando las pantallas de sus celulares, personas que parecemos estar ausentes de la vida real, viendo y buscando cosas o compartiendo con personas que están fuera de este «aquí y ahora».


Estamos aprendiendo a no mirar y a no sentir el mundo alrededor, construimos nuestras permanentes ausencias siempre disfrazadas de una conexión con todo el mundo. Y, obviamente, no se trata solo de un estado mental, nuestro cuerpo siempre acompaña a nuestra mente, y viceversa.
La cultura occidental jugó mucho con la idea de que somos solo nuestra mente y que es una sustancia separable del cuerpo. No lo sé.

Pero siento que también somos nuestras percepciones, sensaciones, mariposas en el estómago y escalofríos en la espalda, cosas que podemos vivir solo a través de nuestro cuerpo. A través del cuerpo no solo actuamos, sino también sentimos y pensamos el mundo. Entonces el cuerpo es un elemento político e ideológico de nuestro ser, y si es anulado, se anula una importante parte de nuestro pensamiento. El cuerpo es nuestro territorio invadido por el sistema, que nos lo quiere quitar.

Conmemorando a las víctimas de la dictadura, el día del golpe militar en Chile, todos los 11 de septiembre de cada año, los familiares de los caídos y los luchadores sociales con una marcha gigantesca van al Cementerio General de Santiago. Observándolos un poco, no podemos dejar de notar, que los cuerpos de la mayoría son tiesos, encorvados, los gestos y las voces conllevan una profunda pena, de personas derrotadas.

Es muy difícil construir una imagen creíble de un futuro feliz por el que se lucha, desde un cuerpo que es como un templo del fracaso.
En el sistema del gran maestro teatral ruso, Konstantín Stanislavski, entre otras cosas se habla de psicofísica.

Cuando imitamos la postura corporal de otra persona, empezamos a sentir el mundo como ella, y aún más, si damos a nuestro cuerpo y a nuestra expresión facial las características de la tristeza o de la alegría, inevitablemente las sentiremos.


En el planeta Tierra de nuestros tiempos, profundamente transformado por el sistema neoliberal que controla al principal guardián del poder: la imagen, miles de millones de pantallas de todos los tamaños, en los cinco continentes, las 24 horas al día, reproducen el mensaje del sistema en todos los idiomas, para todos los gustos y todos los bolsillos.

Una parte del plan para el dominio de la humanidad es reemplazar nuestra relación con el mundo y los seres humanos que nos rodean, por la adicción a un rectángulo de retina, que aparte de aislarnos del mundo exterior también nos aísla de nuestro cuerpo y de sus expresiones más naturales.

Porque cambiando nuestros hábitos esenciales y primitivos, nuestra manera de sentir el mundo inevitablemente cambia y así, al sistema le queda mucho menos trabajo y le es más fácil manipularnos y transformarnos.


¿Acaso no es el sueño del transhumanismo que los restos del cuerpo humano, tan mortal y tan imperfecto, sea convertido en una especie de depósito para todo tipo de chips, para llegar a ser tan irresistibles como un artefacto de moda?

Obviamente, al proyecto solo están invitados los ricos y los bonitos, los demás simplemente no cabemos y como los robots ya les harán gratis todo el trabajo a los elegidos, no nos necesitarán ni para explotarnos ni para usar nuestros feos e imperfectos órganos. Al lado de este tipo de proyectos, los sueños del doctor Mengele parecen planes misericordiosos de sor Teresa de Calcuta.


Cuando el movimiento antiglobalización todavía era joven y la izquierda era realmente izquierda, cuando las nobles ideas de cambio no estaban todavía secuestradas por las corporaciones, existía un sabio principio de «piensa globalmente y actúa localmente». Parece que el sistema lo aprendió bastante bien, mucho antes que nosotros.
Cambiando nuestros hábitos personales globalmente, creando tentaciones tecnológicas irresistibles y además controlados completamente por todos los recolectores de los Big Data y sus servicios de inteligencia, el poder global se dedica a deprimir nuestro espíritu y a destruir nuestro cuerpo.


Tal vez, lo único que todos sin excepción podríamos cambiar ahora, lo único sobre lo que tenemos real control, es sobre nuestro organismo físico. Ejerciendo el control sobre nuestros cuerpos y dominando conscientemente nuestros hábitos, uno reconstruye su autoestima. Solo la propiocepción genera valía de sí mismo, solo esa íntima conexión nos acerca a otros estados de conciencia política.

¡Creemos espinas dorsales en vez de columnas armadas! y como decía el poeta, «te quiero salvar haciendo revolución desde tu cuerpo, por variar».

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