El colapso de la hegemonía estadounidense en Asia y Oriente Medio ha catapultado su avance imperial en los países de América del Sur. La estrategia de los BRICS para eludir el dólar vuelve aún más imperativo asegurar el “patio trasero” a cualquier precio.
Es en este contexto que la Argentina de Javier Milei colisiona con la realidad global. La alianza con Donald Trump es una jugada asimétrica de altísimo riesgo. No fue la confianza en la “motosierra”, en el plan económico de Caputo ni en la desregulación de la economía lo que calmó a los mercados —haciendo bajar el riesgo país un 20% y disparando los bonos soberanos en Wall Street—, sino la certeza de que el Tesoro de los Estados Unidos acababa de convertir a la Argentina en un protectorado financiero.
Washington había decidido entonces que Argentina no podía caer antes de las elecciones legislativas, porque Donald Trump precisaba desesperadamente un caso de éxito: un modelo a seguir en el hemisferio occidental que validara su propia agenda de recortes y privatizaciones. El triunfo electoral de Milei en octubre de 2025 se está pagando con lo que se denomina soberanía estratégica. El acuerdo, en su letra chica, no es el libre comercio, sino los minerales críticos: el litio y el cobre.
Estados Unidos está perdiendo la carrera tecnológica frente a China, que controla el suministro global de baterías, semiconductores y paneles solares. Por eso, Washington necesita fuentes de materia prima fuera de la órbita asiática, y la cordillera de los Andes aparece como su última esperanza. El acuerdo obliga a Argentina a priorizar a Estados Unidos como socio en estos recursos, agilizando permisos a través de grandes inversores y alineando sus estándares regulatorios con la Casa Blanca.
En síntesis, Argentina está entregando sus recursos naturales a cambio de un oxígeno financiero a corto plazo que le permite a Milei sostener la ficción de la estabilidad cambiaria.
Ciento diez mil toneladas de carbonato de litio salen desde la Casa Rosada, mientras la tecnología y las fábricas permanecen en el norte. Es el modelo extractivista del siglo XIX actualizado con la retórica libertaria del siglo XXI. Esta dinámica ha llevado a atar el destino de 42 millones de argentinos —y el propio destino político de Milei— a la figura de Trump.
Sin embargo, la economía real —la que paga salarios y sostiene a las provincias— cuenta una historia diametralmente opuesta: alta inflación, aumentos en servicios y alimentos por encima de la inflación, elevado desempleo, falta de medicamentos y salarios insuficientes en educación y salud. A todo esto se suma un dato que en la Casa Rosada no se menciona: China sigue siendo el principal socio comercial de Argentina. La balanza comercial que sostiene a un gobierno tambaleante depende de la demanda asiática de carnes, soja y minerales.
Milei camina sobre un alambre de púas, intentando complacer a Washington —que le exige bloquear el comercio con China— mientras espera que Pekín no interrumpa la cadena de exportaciones agrícolas. Es, sin dudas, una apuesta de alto riesgo. En el tablero de la geopolítica, la ingenuidad se paga caro.
El pacto comercial con Estados Unidos exige la eliminación de barreras arancelarias y la apertura masiva de la economía, permitiendo el ingreso indiscriminado de productos extranjeros, lo que erosiona el otrora poderío industrial del país. Cabe destacar que las industrias estadounidenses están fuertemente subsidiadas, mientras que la escuela austríaca propone lo contrario para Argentina.
“Crónica de una muerte anunciada” dejará de ser solo el título de una obra de García Márquez para convertirse en la descripción de una posible catástrofe social y económica, producto de la inexperiencia política de la nueva dirigencia libertaria argentina.
Héctor Pellizzi
















































































