Sí «Cuando me muera quiero que toquen cumbia», la novela/crónica de Cristian Alarcón, es la radiografía más precisa de la marginalidad de los 90′; la novela autobiografía de César González, «El niño resentido», se la puede pensar como su continuidad hereditaria.
Gabo Forte
González utiliza de gran manera los dotes de poeta y cineasta que lo preceden, para, si muchas vueltas, contar su pasado reciente sin adornos y con mucha ternura hacia su barrio, sus amigos y su familia.
En el medio de esa marginalidad post crisis del 2001, otra marca de lo que los 90 nos legó, el narrador cuenta su infancia en la que aprende a leer a los 4 años, gracias a una abuela devota y evangélica, pero en la que también aprende lo que puede ser la muerte en la mierda, cuando se pierde en la oscuridad de un pozo ciego y es salvado por un vecino, mientras su madre adolescente fraccionaba cocaína en papel glacé.
Desde ahí, hasta la última página, un manto de criminalidad, deseos, muerte y belleza (las palabras de González son un poema), relata esa porción de la vida que pasa por delante de nuestros vidrios cerrados.
El niño resentido pudo salir de esa premisa de morir joven y ser leyenda, muchos otros no. Quedaron en ese camino de barro y sangre, regado por la desigualdad de una sociedad de consumo y pobreza.
Duele, nos interpela y nos deja con una sensación de knockout desde la primera página.