Que no nos pase lo de Hawái.
Crónica desde la novena marcha al Lago Escondido.
Por Julieta Caggiano

Julieta es socióloga y becaria doctoral de Conicet. Investiga temas vinculados al acceso a la tierra. Es docente en la Universidad de Hurlingham y es parte del Observatorio de tierras del PRIHA.
El acceso al Lago Escondido —un lago público en plena cordillera rionegrina— permanece cercado por 12 mil hectáreas concentradas por el empresario británico Joe Lewis en zona de frontera. En ese escenario, la novena marcha volvió a hacer visible que, sea por el camino que sea, el paso no está garantizado, mientras el gobierno nacional intenta desarmar los límites a la propiedad extranjera de la tierra.
Mapa topográfico de la zona de El Bolsón. Instituto Geográfico Militar, 1969.
Durante años, pobladores y visitantes llegaban por el camino de Tacuifí: unos 20 km desde la Ruta Nacional 40 hasta la costa principal. Un mapa del Ejército de 1969 registra esa traza directa, y una imagen satelital de 2004 todavía muestra el puente de ingeniería sobre el río Foyel. Ese acceso dejó de operar a mediados de los 2000, en paralelo al inicio de la causa judicial por el libre acceso impulsada por la diputada provincial Magdalena Odarda. En 2009 y 2013, distintas sentencias ordenaron garantizar la apertura del paso; las decisiones fueron apeladas, luego revertidas, y hoy el expediente aguarda definición en la Corte Suprema. En los hechos, el acceso vehicular histórico permanece bloqueado.

Columna de montaña Juana Azurduy en la novena marcha al Lago Escondido, en la cabecera oeste del lago. Foto de prensa de la columna.
La adquisición de esas tierras en los años noventa fue denunciada como fraudulenta por involucrar un cuerpo de agua público y ubicarse en zona de frontera, en tensión con la Ley 15.385 de 1944. Joe Lewis opera en la zona mediante Hidden Lake S.A., con servicios turísticos de elite en torno al Lago Escondido. Sobre la costa atlántica posee además un aeropuerto privado, a unos 500 km en línea recta de las Islas Malvinas: una triangulación que, como mínimo, exige control público.
En ese escenario se realizó la novena marcha. Lo que antes podía hacer cualquier familia en vehículo por el camino de Tacuifí hoy exige una travesía de montaña: 80 km entre ida y vuelta a pie desde Chacra Wharton hasta la cabecera oeste del lago, con mochilas, carpas, comida y kayaks. La columna de montaña “Juana Azurduy”, integrada por cincuenta marchantes de distintas provincias, avanzó por el único acceso que el entorno del magnate reconoce; aun así, el ingreso resulta riesgoso por el acaparamiento privado de los puntos de acceso.

Imagen satelital de google earth del 11 de febrero de 2004, donde se ve aún en pie el puente que cruzaba el Río Foyel, sobre el camino de Tacuifí, hoy dinamitado.
Llegamos en el minibús del Padre Paco —la “Paconeta”, como ya lo llamaban los marchantes— y la primera escena fue el control policial. En el paraje El Foyel, a metros del portón que cierra el camino histórico, nos demoraron a la ida y a la vuelta: documentación, hoja de ruta y lista de pasajeros. La garita de la Policía de Río Negro custodia la zona sobre la Ruta Nacional 40. Donde antes el camino continuaba hasta la costa, hoy hay portón, candado y vigilancia oficial permanente.

Foto: Manifestación en el portón que cierra el acceso al Camino de Tacuifí. Séptima marcha a Lago Escondido.
La subida
El primer día llovió. Capabolsas y cubremochilas superpuestos a los abrigos. Banderas que envolvían una causa común. La respiración se alineaba; los pasos se acortaban para medir el tiempo solo en presente. La mirada, fija en el terreno, a veces se levantaba para ver el paso del bosque andino patagónico a la selva valdiviana: la frontera con Chile estaba cerca. El sol se filtraba en el bosque quemado del inicio del sendero. El fuego del año pasado había roto todo por abajo, decían. “La Juana” había suspendido la marcha y se puso a disposición de quienes habían perdido todo.
Las cañas amortiguaban los pasos. La montaña fue intensa, pero el clima ayudó: la llovizna se volvió muy fina. Al ingresar al sendero, funcionarios del área protegida nos advirtieron que controlarían que no acampáramos. Eso cambiaba el plan de hacer noche en Soberanía y acortar distancias hacia el lago. Primer cambio de estrategia en marcha. Después del segundo aire, el cuerpo encontró ritmo.
Durante los primeros 12 km hasta El Retamal todavía no había encontrado la distribución ideal del peso en la mochila, al segundo día entré en un paso más parejo. Llegamos al lago Lahuán y al refugio Los Laguitos, donde hicimos base. El camino, ya intacto del fuego, avanzaba entre ríos azules y bosques de coihues; y las anécdotas y saberes de los compañeros devolvían esperanza y coraje.
El tercer día fuimos al lago Soberanía, a mitad de camino entre el refugio y el objetivo final. Probamos kayaks, reconocimos el terreno, remamos un poco. Empezamos a sentir en los talones a la gente del entorno de Lewis y a la policía, que irrumpía con cuatriciclos como buscando algo raro. Tipos medio tapados nos sacaban fotos.Nos seguían de cerca.
Esa noche nos reunimos en un quincho del refugio para acordar los pasos a seguir. El esfuerzo físico jugaría en contra: al no tener parada intermedia, entre ida y vuelta íbamos a caminar 24 km en un día. Además, la sensación de no saber con qué nos íbamos a encontrar. A la mañana siguiente hubo que esperar a la policía, que nos demoraba con charlas calcadas a las de la base. Mientras, una inspección exagerada al refugiero que nos había alojado —antiguo poblador de la zona— marcaba quién pisaba fuerte ahí.

Julieta: «Éramos cincuenta caminantes dispuestos a ejercer soberanía«
En los últimos 6 km el camino iba al filo de una cornisa. Algunos avanzaron en kayak, trasladando a los lesionados de tantos días de caminata acumulada. Dos de nosotros cruzaron el Soberanía a nado. Al final, los kayaks se desinflaron y se llevaron a hombro, en turnos de diez minutos, hasta llegar. Cuando alcanzamos el Escondido, paradójicamente junto al cartel de “Bienvenidos”, nos esperaba un grupo impidiendo el paso. Al frente, efectivos de la Policía de Río Negro.
El grupo parecía preparado para un conflicto, al que no íbamos a entrar. Nos filmaban, algunos encapuchados, otros a caballo. Un dron sobrevolaba nuestras cabezas —prohibido en área protegida, según las indicaciones previas—. Entre las advertencias oficiales, luego de demorar el libre acceso del grupo, nos dijeron que no podíamos navegar. Éramos cincuenta caminantes dispuestos a ejercer soberanía, con nuestros derechos constitucionales en la mano. Sin señal, a 40 km de la base y a 12 del último refugio, la tensión era alta. La disciplina sostuvo el momento.

Parte de la banda de Lewis dirigida por el abogado de Hidden Lake S.A., José Luis Bianco, en la sirga de acceso al Lago Escondido. Fotos de prensa de la columna.
La policía nos abrió el acceso. Habíamos llegado por el único camino que reconocen como habilitado. Pese a las dificultades, nos permitieron avanzar por un sendero tupido de ramas secas, sin delimitar, cercado por una cinta que decía “peligro”. Entre el camino y la costa, la presencia constante de al menos cien personas que trabajaban para la mansión, filmando y fotografiando. Querían amedrentar. Para ese momento, nosotros ya habíamos caminado más de 50 km de montaña. Fuimos en fila de a uno, directo al objetivo, cuidando el latigazo de las ramas que volvían.
Al llegar a la playa de la cabecera oeste, el lago escondido se abrió como un rancho de playa improvisado: toallas de secado rápido sobre las piedras blancas, kayaks inflados. El bautizo de los primerizos y la carrera de nado de los compañeros. Contrastábamos con el grupo de hostiles, pero entre nosotros nos sentíamos seguros. En el muelle, un grupo que no nos sacaba los ojos de encima; detrás, en el pasto de la cabecera oeste, otro grupo, entre ellos su abogado, amedrentando. Pero nosotros disfrutamos de ese lago como representantes de un pueblo criado a puro club de barrio.

Fotos de la patota de Lewis, al lado de la sirga de acceso al Lago Escondido. Fotos de prensa de la columna.
El regreso fue exigente. Lo difícil en subida se volvió casi mortal a la vuelta. El precipicio regalaba una vista hermosa y vertiginosa del Soberanía. Nos fuimos con el objetivo cumplido, el pecho inflado y la décima marcha por delante.
La bajada
A la montaña se la sube y se la baja. Los tendones de las rodillas se resienten más al descender, y hay que cuidar cada pisada. Antes de volver, nos cruzamos con cuatro turistas que, después de ver el documental sobre el lago proyectado en el refugio, se animaron a ir. Su experiencia fue intimidante: los frenaron en la entrada, les hicieron preguntas, pidieron documentos y los dejaron pasar solo hasta el primer muelle.

Columna de montaña Juana Azurduy en la novena marcha al Lago Escondido, en la cabecera oeste del lago. Foto de prensa de la columna.
La columna hizo su parada intermedia en Horquetas, ya sin lluvia el cielo estallaba con la Vía Láctea. El último tramo lo caminé casi entero con el Flaco Bellido, veterano de la guerra del 82. Malvinas tejía un hilo invisible en esta lucha de largo aliento por la soberanía. Entre ida y vuelta, fueron 114 km de montaña, nos sorprendíamos.
Antes de volver en la Paconeta, pasamos a visitar a un vecino al que la columna había ayudado a reconstruir su casa el otoño anterior. Nos habló de incendios intencionales en zonas productivas: “No quieren cooperativas de dulces, ni frutales, ni industria del mueble —decía—. Quieren mano de obra para el hotel de lujo”. Contó que los damnificados por el fuego podían “ir a pedirle chapas a Lewis”, con una risa irónica; y que el mismo magnate había prometido un hospital en el pueblo. La red de lealtades era visible: el Estado no solo no controlaba, sino que lo custodiaba.
La extranjerización de la tierra tuvo su punto crítico en los años noventa, con compras fraudulentas en zonas de frontera, y ricas en bienes comunes estratégicos. Hoy esto se profundiza con el intento por derogar la Ley de tierras (26.737), que busca ponerle un tope. El modelo es extendido en los países del sur: bienes comunes para unos pocos, e inaccesibilidad para las mayorías. Un puñado de magnates concentra tierra, agua y accesos exclusivos, apropiándose de bienes naturales que nadie creó con su trabajo, capturando renta por esos recursos y, lo peor, privatizando los accesos públicos.
Habrá que volver a pensar una idea que atraviesa nuestra historia: la función social de la propiedad. ¿De quién es el beneficio de lo común? ¿En función de qué está su provecho? ¿A quién pertenece el agua, las playas, los ríos? ¿se pueden acaparar por completo, o cuál es el límite?
El magnate, además, con una riqueza capaz de torcer voluntades, fue condenado en EE.UU. por uso de información privilegiada y tráfico de influencias (sobreseído luego por Donald Trump). Hoy construye un búnker subterráneo de 4.000 m² con acceso al lago en cuestión, sin controles, sobre un espejo de agua, a 5 km de la frontera con Chile. En ese contexto, lo de Lago Escondido se convierte, en sentido estricto, en un problema de soberanía.
Que no nos pase lo de Hawái. Hasta Bad Bunny lo advirtió.

Gracias por el apoyo a este medio sin pauta oficial
Gracias por el esfuerzo de mantener este medio popular

El primer número del 7 de agosto de 2005(Diseño de Romina Paesani)
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Flavio Magalhães es pernambucano de Sertânia en el noroeste brasileño. Bachiller en letras, graduado en lengua inglesa y maestro de educación, “Pedazos de Vida” es su cuarto libro literario

Josessandro Andrade Poliartista, poeta, compositor, cordelista, teatrólogo y guionista de documentales, venció el premio nacional Viva la Literatura de los ministerios de Cultura y Educación en 2009.

Luis Alberto Rubial es coaching organizacional, co Director del Instituto Superior Empresarials

Nico Scarli -Estilista-


Carlos Alberto Rodrigues- Empresario –

Eduardo Martins – Poeta e ensaísta, professor de literatura da UFRO – Universidade Federal de Rondônia. Mestre em Teoria da Literatura pela UNESP – Universidade Estadual de São Paulo.

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Horacio Bosa – Martillero público-
.

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Susana Boguey – Escritora – Dirigente sindical-

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Rosana Morando Dirigente política – Presidenta del Concejo Escolar – Junín

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Dirigente político
COLABORADORES DEL MOVIMIENTO OBRERO ORGANIZADO

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Héctor Azil – ATSA- Junín

José García – Unión Ferroviaria Junín

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