Por Jorge Verdi
¿Qué decirte ahora, mi viejo y querido duende? Nuestro encuentro se postergará una vez más. Guardá un poco del vino, del buen humor, de la locura.
Te conocí una tarde en el pasillo del Cine Crystal, por el 73 o 74, por ahí, y nunca más paré de conocerte, de reírme con vos, de gastarte hasta la última anécdota, la última broma, la última gota de las noches. Porque después vino toda una movida, de la que hiciste un poco parte, dependiendo de tu capacidad de tomarte las cosas en serio o no.
Después vinieron las eternas zapaditas en la cocina de tu casa y en el garaje de la mía, a pura violas Eko 335 y Gianinnis de cuerdas siempre oxidadas, algún bongo… los inolvidables tres días de paz, música, amor y otras yerbitas: tu casamiento, cuando pasamos por mi casa con Olguita y Pul, para cargar un redoblante y unos platillos de bateria, solo pa’meter unos ruidos en la iglesia, y vos y Eva llegando en un sulky al sonido de Wish You Wish Here de Pink Floyd…
Más tarde, tu fiestita de casamiento en calle Arenales, improvisando unos blues de protesto en la voz de Palito Di Prinzio y Lito Pueyo… Tu luna de miel en la casilla de la laguna, cuando le dijiste a Eva “Al fin solos!” y éramos veinte monos chupando vino, fumando y escuchando Noel Gallagher y Vox Dei al remango.
Sobreviví a dos incendios a tu lado, uno en la casilla de la laguna, cuando nos olvidamos medio kilo de fumo en el horno, y el otro, sentados en cima del muro, observando alucinados cómo pegaba fuego el terreno baldío al lado de tu casa (fuego que nosotros mismos habíamos provocado).
Más de una vez dejamos el auto de tu viejo en algún lugar perdido porque no sabíamos dónde cuernos lo habíamos dejado. La pucha, es interminable contar todo lo que viví a tu lado, viejo duende. No hay recuerdos ni poesía que me alcance.
Lo que sé es que fuiste de aquellos que quedarán indeleblemente marcados como “personajes”, porque hacen lo que se les canta y mantienen una cierta autenticidad, una cierta coherencia en su propia incoherencia… Se entiende?
Bueno, vos nunca precisaste explicarte ni nadie nunca te explicó ni pretenderá explicarte, porque los inolvidables, los cansados de la eternidad, son así. Los duendes son así. Que te llegue mi abrazo fraterno adonde sea que estés, y no te olvides, viejo
Casita, Edu querido… guardame un vasito de vino y el último blues.