Por Mauro Héctor Fernández
La interna del PJ en Junín dejó un resultado que, lejos de fortalecer al peronismo local, expone con crudeza sus propias limitaciones. No por quién ganó —eso, en definitiva, es anecdótico— sino por el contexto en el que se dio: baja participación de un padrón podado por la motosierra de algunos inquisidores, ahora aborrecidos, antes adorados, y una oferta política fragmentada en identidades más tácticas que representativas.

Porque el dato central no es el porcentaje que sacó cada lista, sino cuántos afiliados fueron a votar. Y la cifra —muy por debajo de lo esperable para una fuerza que pretende ser competitiva— marca un problema estructural: el peronismo juninense no está movilizando ni siquiera a los suyos. Cuando la propia base decide no participar, no hay victoria que pueda leerse como legitimación real.
Y en ese marco, el resultado final termina siendo casi previsible: gana quien logra ordenar mejor su aparato, no quien convence más. Pero ese tipo de triunfos tiene un problema serio: sirven para administrar el partido, no para ampliarlo.
La baja participación no es apatía casual. Es un síntoma. Habla de afiliados que no se sienten interpelados, de militantes que perciben que las reglas del juego ya están escritas, y de una dirigencia que sigue pensando la política hacia adentro, sin advertir que el verdadero desafío está afuera.
Si el PJ de Junín cree que con esta interna resolvió algo, se equivoca. Lo que hizo fue confirmar que su principal adversario hoy no es otra fuerza política, sino su propia incapacidad para generar entusiasmo, debate real y representación genuina.















































































