Dorrego: la primera víctima de la grieta

Fuente: Guillermo Pereira

Un 13 de diciembre de 1828, el entonces gobernador de Buenos Aires era fusilado por orden de un conspiración en la que participaron Bernardino Rivadavia, los generales Lavalle, Brown, Martín Rodríguez, el ministro Díaz Vélez, Larrea, Agüero, Valentín Gómez, Salvador María Carril, Ocampo, el general Cruz, Valentín Alsina, Ignacio Álvarez Thomas y José María Paz, que incumbieron a Juan Lavalle alzar el brazo ejecutor, lo que marcaría un punto de inflexión en la lucha entre unitarios y federales.

Salvador María del Carril, Juez de Paz, y futuro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, fue el principal instigador del fusilamiento de Dorrego.

 

El Gobernador Manuel Dorrego contrariaba  intereses conservadores al negarse a pagar la deuda ilegítima, estableció un sistema de “precios cuidados” y la prohibición del monopolio sobre los principales productos que consumía el pueblo. También sancionó una ley de libertad de imprenta que castigó con multas a las publicaciones calumniosas e injuriosas.

Salvador María del Carril

Varios historiadores consideran que nuestro país «nació dividido. En palabras de Juan Bautista Alberdi, el alma máter de nuestra Constitución, el «parto histórico del 25 de mayo de 1810 supuso para las provincias la sustitución de «coloniaje español por el «coloniaje porteño”.

Juan Lavalle

El enfrentamiento entre Buenos Aires y el interior sería el telón de fondo, en adelante, de los sucesivos gobiernos. La Junta Grande, dos triunviratos, varios directores supremos y hasta un presidente fallido, como Bernardino Rivadavia, transcurrieron en medio de esa rivalidad que fue política hasta el 13 de diciembre de 1828, ese día, Juan Galo de Lavalle, un héroe militar que había luchado junto a San Martín en las campañas libertadoras y en la guerra con Brasil, sería el principal responsable -aunque no el único- de la conspiración que abriría la puerta a la lucha fratricida entre unitarios y federales.

Bernardino Rivadavia

Lavalle creyó que la muerte de Dorrego permitiría cerrar la grieta, pero lo cierto es que su fusilamiento fue uno de los hechos trágicos más injustos de la historia de nuestro país y marcó un punto de inflexión en la división que ya se había producido años antes. Lo que siguió fueron 25 años de lucha sin cuartel entre unitarios y federales que retrasaron la organización nacional.

Al discutirse la Constitución de 1826, Rivadavia suspendió el derecho a votar de los «criados a sueldo, peones jornaleros y soldados de línea». Dorrego, famoso por su elocuencia, no se quedó callado e interpeló a los diputados.


«He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la aristocracia del dinero (…). Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué proporción hay entre domésticos, asalariados y jornaleros y las demás clases, y se advertirá quiénes van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresan en el artículo, es una pequeñísima parte del país, que tal vez no exceda de la vigésima parte (…) ¿Es posible esto en un país republicano?».

General Acha

Dorrego era un independentista de la primera hora y un federal convencido. Había gobernado la provincia de Buenos Aires durante algunos meses en 1820, pero fue en agosto de 1827, tras la renuncia de Rivadavia a la presidencia, cuando cumplió su papel más importante. Se enfrentó a cara descubierta con la oligarquía porteña y, durante su periodo como Gobernador de Buenos Aires, tomó medidas populares y revolucionarias en favor de los humildes.

Comandante Escribano

El 1 de diciembre de 1828, con el alzamiento que obligó a Dorrego a abandonar Buenos Aires y refugiarse en Cañuelas. Lavalle, secundado por la mesa conspirativa había gestado su derrocamiento y se hizo nombrar gobernador interino.

Diplomáticos ingleses y franceses se ofrecieron a recibir a Dorrego que solicitó el destierro luego de ser traicionado por el Sargento Mayor Acha (Después General) y ser tomado prisionero por el Coronel Bernardino Escribano.  Pero Juan Cruz Varela y Salvador María del Carril convencieron a Lavalle de que la muerte de Dorrego era una circunstancia necesaria.

 

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