
Cuidado con las euforias. La extraordinaria virada del segundo turno, producto de la actitud confrontativa de Lula en relación con el primer turno, que simultáneamente le permitió ganar las calles y desarrollar una avanzada tecnológica con contenidos en las redes, puede convertirse en una victoria pírrica: un triunfo que se consigue a un precio tan alto que termina siendo equivalente a una derrota.
La expresión tiene su origen en Pirro, rey de Epiro, quien en el año 279 a. C. derrotó a los romanos en la batalla de Ásculo, pero sufrió tantas bajas en su ejército que, según la tradición, habría dicho: «Otra victoria como esta y estaremos perdidos».
En 2026 se eligieron 54 de los 81 senadores, es decir, dos tercios de la Cámara. El PL de Bolsonaro eligió 28 senadores, mientras que la alianza petista apenas consiguió 9. En la Cámara de Diputados, integrada por 513 diputados federales, se renovaron todos los escaños: la derecha se alzó con 121 diputados, mientras que el PT obtuvo solamente 70. En cuanto a los gobiernos estaduales, 17 gobernadores responden a Bolsonaro, 7 a Lula y 4 se mantuvieron neutrales.
Según el análisis publicado por Folha de S.Paulo el 25 de octubre, el Senado tendrá aproximadamente un 64 % de sus integrantes identificados con la derecha, un 18,5 % con la izquierda y un 16 % con el centro. Lula fue reelegido presidente, pero tendrá un Congreso considerablemente más inclinado hacia la derecha. Esto puede dificultar la aprobación de proyectos del Gobierno, la designación de autoridades y las reformas legislativas.
Brasil es un país profundamente desigual. Sus élites son muy brutales. El PT viene perdiendo votos desde 2007, cuando esas élites comenzaron a tomar conciencia de las numerosas concesiones que
les había hecho.
Se pensó que la democracia funcionaba como un ordenador del voto, pero hoy vemos que no es así. El crecimiento del empleo informal y algo aún más trágico: la expansión de la informalidad vinculada al crimen organizado en los barrios populares, que genera enormes trastornos a quienes viven allí debido al acoso y al accionar del narcotráfico, hicieron que una parte de la sociedad se desplazara hacia la derecha, detrás del discurso de mano dura. A esto se suma que el crecimiento económico del período de Lula, entre 2002 y 2012, basado en los precios de las exportaciones, se fue diluyendo.
El agotamiento del poder distributivo impactó en las clases medias que se habían beneficiado de las políticas de Lula y del PT. Son sectores que experimentan una gran movilidad social, pero sin demasiada consistencia: así como ascienden rápidamente, también pueden caer de la misma manera. A esto se sumaron las ofensivas de las élites, mientras el Estado no logra dar respuestas a la velocidad que la población exige. Su capacidad de ocupar y atender los distintos ámbitos de la vida social se deteriora permanentemente: la salud pública, la educación, la seguridad, la infraestructura y tantas otras necesidades.
En las poblaciones fue creciendo el hartazgo ante la falta de respuestas, el deterioro del empleo y los bajos salarios. Es precisamente en esa brecha donde la derecha demuestra eficacia, porque apela al esfuerzo individual de las personas a través de la meritocracia. Esos sectores comenzaron a mostrarse cada vez más escépticos frente a las respuestas del Estado y las propuestas colectivas, inclinándose hacia los cantos de sirena, en este caso, los de Bolsonaro. El PT, al recostarse cada vez más hacia la derecha y hacer concesiones, ha llegado a desconocer al pueblo que solía representar.
Cabe destacar que las alianzas en estos tiempos son imprescindibles, pero no se puede perder el eje ni la contundencia de la conducción. Ocupar el Estado y el Gobierno y, al mismo tiempo, desmovilizar al pueblo ha sido un error recurrente durante los últimos diez o quince años.
La realidad hoy es contundente: para obtener mayoría absoluta faltan 169 votos en Diputados y 31 en el Senado, tomando como referencia las bancadas propias mencionadas. Aprobar leyes ordinarias y proyectos del Gobierno, impulsar reformas constitucionales, impedir que el Congreso rechace proyectos, derribe vetos o paralice la agenda del Ejecutivo será una tarea hercúlea. La Constitución brasileña establece mayorías diferentes para cada situación.
Si bien es cierto que Jair Bolsonaro dejó cartuchos de dinamita encendidos en todos los sectores y que Lula pasó buena parte de su tiempo intentando apagarlos, la población, sobre todo los sectores más pobres, no lo entendió de esa manera. De ahí la desaprobación de su último mandato. Estos gráficos nos enfrentan a una realidad contundente.


Ante este escenario, el riesgo de una victoria pírrica está en el horizonte.
La movilización popular, coordinada con el trabajo en las redes, y el desarrollo de un trabajo de base en los territorios, necesario para descolonizar ciertos sectores que históricamente votaban por Lula, constituyen algunas de las salidas en el plano social. Porque el pueblo, hoy, no siente que la democracia esté en riesgo: siente que lo que está en riesgo es su propia supervivencia.

















































































