A 48 AÑOS DEL FUSILAMIENTO DEL PADRE CARLOS MUGICA (NI OLVIDO NI PERDÓN)

DDHH
“Con el Evangelio en la mano”
La tarde-noche del sábado 11 de mayo de 1974, una ráfaga de ametralladora con la firma de un comando de la Triple A asesinaba al cura Carlos Mugica cuando salía de la parroquia San Francisco Solano, tras celebrar misa.
Allí se encontraba María del Carmen Artero, su estrecha colaboradora, desaparecida cuatro años más tarde. Ayudó a cargar en el Citroën de un vecino los cuerpos de Mugica y de Ricardo Capelli, amigo del sacerdote, también herido por la balacera y quien debió soportar múltiples operaciones.
Pocos días más tarde, Artero se sentó frente a una máquina de escribir y tecleó en medio de su conmoción. Le contó los detalles a una querida amiga y compañera que residía en Francia:
(…) “Llegamos a la iglesia y Ricardo y Nicolás se quedaron en el coche. Yo tuve el privilegio de oírlo por última vez, de recibir la comunión de sus manos, luego me recordaría cada gesto de esa tarde. Cuando terminó la misa salí a buscar a Ricardo para que habláramos con Carlos. (…) Me quedé junto a él, saludó a Nicolás y a dos metros había un hombre esperando, Carlos le dijo a Nicolás ‘esperame un momentito que tengo que hablar con este señor. Allí comenzó todo. Está muy confuso para mí ese primer instante. Me parece que aparece alguien más y Carlos retrocede hasta la pared y comienza a resbalar, y cae sentado apoyada su cabeza contra la pared.”
(…) “Corrí hacia él y empiezo a escuchar como si fueran petardos y veo junto al cuerpo de Carlos una serie de fogonazos. Vi a un hombre joven que debió estar prácticamente al lado mío, caminar dos o tres pasos hasta un coche que había estacionado en ese instante ante nosotros con la puerta abierta, sube y salen a toda velocidad. Me agacho junto a Carlos y siento que se queja, le paso mi brazo por la espalda para tratar de levantarlo y siento en mi mano correr su sangre tibia y recién en ese momento me doy cuenta que lo han ametrallado.”
(…) “Ahí apareció el Padre Vernazza y se agachó junto a él, le dio la absolución y entre los dos lo subimos a un coche, mientras gritaba desesperada su nombre. A Ricardo también le habían alcanzado las balas. Con Vernazza llevamos a Carlos al hospital Salaberry. Apenas llegamos empezaron las transfusiones, le dieron 10 litros. Estuvo consciente durante casi todo el tiempo. Tenía una gran serenidad a pesar de que sufría muchísimo, pues pidió calmantes. Lo llevaron a la sala de operaciones y me hicieron salir de la sala, luego me llevó la cana junto a Nicolás. Nos dejaron incomunicados. Nos dejaron en libertad el domingo a las 14 hs. Corrí al Rawson a donde habían trasladado del Salaberry a Ricardo. Carlos murió en la mesa de operaciones a las 22.10 hs del sábado.”
(…) “El velatorio de Carlos se hizo desde las 9 hs del domingo hasta las 16 hs; a las 17 hs llegó a la villa donde durante toda la noche del sábado al domingo estuvieron doblando las campanas de la capilla. El lunes 13, después de decir una misa concelebrada detrás de la capilla, lo llevaron 50 sacerdotes del tercer mundo. Durante toda la noche del 12 al 13 estuvieron los sacerdotes turnándose y rezando y cantando frente al cuerpo de Carlos mientras desfilaban sin pausa cantidades increíbles de gente. ¡Cuántos lo amaban Marcela!”
(…) “Me siento a veces tan desesperada, él me dio tanto y yo no supe hacer nada por él en ese momento. La gente está tan desolada, nos hemos propuesto seguir adelante… El martes 14 fuimos como siempre. No era como siempre, claro, pero si está en cada uno de nosotros que no le fallamos, es difícil de explicar pero no está y está con nosotros, todos lo sentimos. Un abrazo.”
La carta la firmó María del Carmen Artero, católica de militancia diaria en la villa —adonde solía llevar a sus cuatro hijos, de apellido Jurkiewicz, como su exmarido—. Delegada del INTI, formaba parte de Montoneros cuando fue secuestrada en octubre de 1978 junto a una de sus tres hijas, Cristina Jurkiewicz, de 18 años. Las trasladaron al centro clandestino de detención El Olimpo.
La hija —madre de un bebé al que también llevaron allí—, consiguió recuperar la libertad a las pocas semanas. Cristina recuerda el asesinato de Mugica:
“Me acuerdo de ese sábado lluvioso, no quisimos acompañar a mamá como casi siempre lo hacíamos. Cuando escuchamos la noticia por radio, de que lo habían matado a Carlos, nos pusimos a llorar con mis hermanos. Yo tenía 14 años y ellos eran más chicos aún. Ahí perdimos la inocencia. Éramos adolescentes y esto nos cambiaría la vida para siempre.”
“La congoja que atravesé durante el velorio en la villa y en el entierro de Carlos –continúa Cristina Jurkiewicz– no la sentí nunca más en mi vida. Cuando lo besé en la frente sentí su muerte en mis labios”, agrega. “Para nuestra familia, mi mamá y mis hermanos, Carlos era un ser muy querido; lo conocíamos muy bien. Yo iba a un colegio de monjas y ninguna oración que me hacían repetir a diario me llegaba al alma como las cosas que le escuchaba predicar a Mugica en sus misas. Él conseguía que me abrazara con gente que no conocía. Me hacía vivir el Evangelio de verdad, eso era Carlos”.
“Yo era un pibe. Nunca voy a olvidar a mi madre ese día, al llegar a la casa de mi abuela. Estaba ensangrentada de pies a cabeza”, dice Pablo Alejandro Jurkiewicz, hermano mayor de Cristina, quien también fue secuestrado en ese mismo año 78.
En el relicario de la parroquia Cristo Obrero, en la Villa 31, se conserva un trozo del jean que usó su mamá mientras sostenía la cabeza de Mugica en su regazo.
Aquel domingo, el cuerpo del cura fue llevado hasta la iglesia San Francisco Solano; allí se celebró una misa. Por la tarde fue trasladado a la parroquia Cristo Obrero. El lunes 13 de mayo, tras el velatorio en la capilla ardiente, el féretro fue llevado al hombro hasta el cementerio de la Recoleta en una procesión conmovedora, con más de diez mil almas dolidas que marcharon en silencio (foto).
En octubre de 1999 los restos de Mugica fueron trasladados a pulso desde la Recoleta hasta el Barrio Comunicaciones de Retiro, y depositados definitivamente en la capilla Cristo Obrero. La ceremonia la encabezó el entonces arzobispo Jorge Bergoglio.
Pudo elegir una vida aristocrática, la de su cuna en la calle Gelly y Obes, en medio de mucamas y niñeras, pero prefirió el barro. Cura sin sotana, villero y peronista. Sus homilías eran grabadas, todas, por los servicios de Inteligencia. Fue un despertador de conciencias, un revolucionario, una voz crítica que enfrentó a los poderosos sin temor a las peores consecuencias.
Hermano de todos los villeros para quienes reclamaba igualdad de oportunidades, Mugica fue uno más de ellos. Descubrió tempranamente la pobreza en el chaco santafesino; desde entonces su vida y su mirada cambiaron por completo. Adoptó la Villa 31 de Retiro como propia. Allí fundó la parroquia Cristo Obrero. Generoso y solidario, comprometido como ellos, los nadies, que lo amaron hasta el dolor infinito.
Texto: Héctor Rodríguez
11 de mayo, 2022
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